✅Cómo hablar de tu mayor debilidad en una entrevista

Cómo hablar de tu mayor debilidad en una entrevista – Versión clara
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Cómo hablar de tu mayor debilidad en una entrevista

Descubre cómo responder con honestidad y estrategia a una de las preguntas más temidas de cualquier entrevista.

La preparación es la clave: no se trata de ocultar tus debilidades, sino de mostrar progreso, autocrítica y mentalidad de crecimiento.

Vamos a ser francos: pocas cosas ponen más incómodo a un candidato en una entrevista que esa maldita pregunta de «¿Cuál dirías que es tu mayor debilidad?». ¿En serio tenemos que abrirnos en canal delante de un desconocido que, además, va a decidir si pagamos el alquiler el mes que viene? Pues sí. Y no sólo eso: es muy probable que, si la cagas aquí, la entrevista se tuerza.

Pero ojo, tampoco es un examen de confesiones. No se trata de contarlo todo como si fuera un retiro espiritual. Lo que buscan no es tanto qué debilidad tienes, sino cómo lidias con ella. Ahí está el truco (y la trampa). Y como recuerdan en Betterteam, la clave está en contar tu respuesta no como «esto ya lo resolví del todo», sino como «lo trabajo, he mejorado y sigo mejorándolo». Eso transmite humildad, proactividad y crecimiento continuo.

El error clásico: sonar demasiado perfecto o demasiado fatalista

Los candidatos a veces responden con frases vacías tipo:

  • «Soy perfeccionista».
  • «Trabajo demasiado».
  • «Mi único defecto es que lo doy todo por la empresa».

Eso no suena humano. Suena aprendido de memoria. El entrevistador lo huele a la legua.

Otros sueltan verdades brutales:

  • «Llego tarde a menudo».
  • «Soy malísimo trabajando en equipo».
  • «Me distraigo con el móvil cada dos por tres».

Y tampoco. No muestra autocrítica constructiva, sino señales de alarma. Como bien dicen en Deel, la clave está en elegir una debilidad manejable y enfocarte en cómo la gestionas, mostrando que sigues en proceso de mejora.

El enfoque correcto: acción y progreso (no confesión ni cuento de hadas)

No intentes vender que ya lo superaste todo. Es mucho más convincente decir: «antes X, ahora logré Y y sigo trabajando en Z». Eso muestra autoconciencia, evolución y, sobre todo, mentalidad de crecimiento.

Ejemplo:

  • Mal enfoque → «Soy malo en presentaciones».
  • Buen enfoque → «Históricamente me ponía nervioso al hablar frente a muchos, así que me apunté a un curso de oratoria. Ahora me ofrezco como voluntario en presentaciones. Todavía sigo trabajando en mis habilidades de comunicación y negociación».

¿Notas el matiz? No dices que ya eres Steve Jobs en el escenario, dices que has mejorado y sigues mejorando. Tal como recomienda Kickresume: lo creíble no es la perfección, sino el progreso continuo.

Ejemplos buenos de debilidades (20) con matiz de «sigo trabajando»

Cada uno de estos puntos funciona si lo presentas como un camino de mejora en curso, no como una debilidad mágica ya enterrada:

  1. Dificultad para delegar: Antes me costaba mucho delegar porque quería tener todo bajo control. Con el tiempo he aprendido a confiar más en mi equipo, asignando responsabilidades claras. Aun así, sigo trabajando en soltar ese control y en enfocarme en la supervisión más que en la ejecución.
  2. Hablar demasiado rápido: Soy de hablar rápido cuando me entusiasmo, lo que a veces dificulta que me sigan. Por eso practico técnicas de respiración y pausas al comunicarme. He mejorado bastante, pero sigo entrenándome para mantener un ritmo más calmado.
  3. Nervios al hablar en público: Hablar en público me generaba muchos nervios, incluso me llegaba a bloquear. Hice cursos de oratoria y prácticas de exposición, y ahora puedo comunicarme mejor. Todavía lo sigo trabajando con ejercicios y práctica constante.
  4. Exceso de autocrítica: Tiendo a exigirme demasiado, lo que me hacía perder confianza. Hoy combino la autocrítica con el feedback de colegas y superiores para tener una visión más equilibrada. Aun así, me esfuerzo en recordar que los errores también son parte del aprendizaje.
  5. Impaciencia: Solía impacientarme cuando los procesos no iban al ritmo que esperaba. Ahora planifico mejor y entiendo los tiempos de los demás, aunque sigo entrenando mi capacidad de aceptar ritmos diferentes al mío.
  6. Dificultad para negociar: Negociar me resultaba complicado porque me costaba mantener firmeza. Para mejorarlo, tomé talleres de negociación y practico con situaciones reales. He ganado confianza, pero sigo perfeccionando mi capacidad de mantenerme sereno y claro.
  7. Bajo dominio técnico: Reconozco que antes no dominaba Excel como quería, así que me apunté a cursos online y lo aplico en mis tareas diarias. He mejorado bastante, pero sigo formándome porque siempre aparecen nuevas funciones.
  8. Fijarme demasiado en los detalles: Tiendo a centrarme mucho en los detalles, lo cual a veces retrasa la entrega. Ahora pongo límites claros de revisión y trato de equilibrar detalle con visión global. Sigo trabajando en mantener ese balance.
  9. Timidez inicial: Soy tímido al inicio con personas nuevas, lo que antes limitaba mi networking. Empecé a asistir a eventos y me propuse retos pequeños como iniciar conversaciones. Aunque he mejorado, sigo desafiándome en ese aspecto.
  10. Dar feedback: Me costaba dar feedback porque temía sonar demasiado crítico. He aprendido técnicas para hacerlo de forma constructiva y empática. Aunque ya soy más directo, todavía trabajo en mejorar la claridad de mis mensajes.
  11. Dificultad en decir «no»: Antes aceptaba demasiadas tareas por no saber decir ‘no’, lo que me sobrecargaba. Ahora aprendo a priorizar y a comunicarme con más asertividad. Aun así, sigo afinando mi capacidad de marcar límites.
  12. Inseguridad con nueva tecnología: Me generaba inseguridad aprender tecnologías nuevas. Decidí empezar a experimentar más y a practicar con tutoriales antes de necesitarlas en proyectos. He avanzado, pero sigo en entrenamiento constante.
  13. Costaba pedir ayuda: Tenía la costumbre de resolver todo solo, aunque eso a veces retrasaba procesos. He aprendido a pedir ayuda cuando es necesario, aunque todavía me esfuerzo en normalizarlo como parte del trabajo en equipo.
  14. Evitar conflictos: Solía evitar los conflictos, incluso cuando era necesario aclarar las cosas. He practicado técnicas de comunicación asertiva y ahora me siento más cómodo afrontándolos. Aún así, sigo fortaleciendo esa habilidad.
  15. Distracción con el móvil: Antes me distraía con el móvil en momentos clave. Ahora bloqueo notificaciones y dejo el dispositivo lejos cuando necesito concentración. Lo he reducido mucho, pero sigo vigilando ese hábito.
  16. Desorden al priorizar: Al principio me costaba organizar prioridades, lo que me hacía perder eficiencia. Empecé a usar matrices de productividad y herramientas digitales. He mejorado bastante, pero sigo perfeccionando la aplicación diaria.
  17. Sobrecompromiso: Tiendo a comprometerme con muchos proyectos porque me gusta ayudar. Aprendí a decir ‘no’ cuando es necesario, aunque todavía refino mis límites para no dispersarme demasiado.
  18. Escasa experiencia liderando: No he tenido mucha experiencia liderando equipos, pero busqué proyectos pequeños para empezar a practicar. Me esfuerzo por asumir más responsabilidades de coordinación y seguir creciendo en liderazgo.
  19. Explicar demasiado técnico: Cuando explico un tema técnico, a veces me extiendo demasiado en detalles complejos. Estoy trabajando en contar las cosas con ejemplos más sencillos y en usar storytelling. Todavía ensayo nuevas formas de transmitirlo.
  20. Inseguridad en nuevas tareas: Al enfrentarme a tareas nuevas, me daba inseguridad no saber si lo hacía bien. Ahora las afronto con planes piloto y pido feedback temprano para mejorar. Aunque avanzo, sigo reforzando mi confianza en estos escenarios.

Ejemplos malos (20)

Aquí nada cambia: siguen siendo red flags porque no muestran mejora ni disposición a trabajar en ellas:

  1. «Llego tarde siempre».
  2. «Odio trabajar en equipo».
  3. «No me gusta tener jefes».
  4. «Me aburro rápido de mis tareas».
  5. «Soy malo con la tecnología».
  6. «No controlo el estrés».
  7. «Me cuesta cumplir plazos».
  8. «Detesto los procesos administrativos».
  9. «Pierdo la concentración enseguida».
  10. «No quiero aprender más de X».
  11. «Tengo poca paciencia con los clientes».
  12. «No me gustan los cambios».
  13. «Soy conflictivo».
  14. «No manejo bien la presión».
  15. «A las 5 cierro y desaparezco».
  16. «Me cuesta seguir instrucciones».
  17. «Soy terco, nunca cambio».
  18. «Me cuesta tomar decisiones».
  19. «No me importa la calidad».
  20. «No tengo ninguna debilidad».

Como recuerda Business Insider: nunca escondas todo ni te pases de crudo; y jamás vendas humo de perfección.

Elegir bien qué debilidad mencionar

Antes de preparar una respuesta sobre tus debilidades, es importante detenerse a revisar el tipo de trabajo al que aplicas. No todas las áreas pesan lo mismo: en algunos puestos se valoran más las capacidades técnicas, en otros la comunicación o la gestión de personas. Conviene analizar qué fortalezas busca la empresa en concreto y asegurarse de no destacar como debilidad precisamente aquello que resulta clave para el puesto. Por ejemplo, si el trabajo implica comunicarte a diario con clientes, no es buena estrategia admitir que no eres elocuente o que te cuesta negociar, aunque estés trabajando en mejorarlo. En estos casos, lo más recomendable es centrarte en otra área de mejora que no choque de frente con las competencias críticas del puesto.

Checklist rápido

  • ¿Tu debilidad es creíble pero no letal para el puesto?
  • ¿Muestras acciones concretas y dejas claro que sigues trabajando en ellas?
  • ¿Eres honesto sin sonar derrotado?
  • ¿Proyectas adaptabilidad y mentalidad de crecimiento?

Conclusión

Nadie espera que seas perfecto. Como recuerda Prosperity Digital, lo potente es mostrar autoconciencia, actitud de mejora y compromiso de aprendizaje continuo.

La clave: no digas «esa debilidad ya no existe del todo». Di: «he avanzado bastante y aún sigo trabajando para ser mejor cada día«. Ese detalle genuino transmite credibilidad y, sobre todo, proyección de desarrollo. Y en una entrevista, eso pesa más que cualquier curriculum perfecto.

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